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miércoles, 28 de agosto de 2013

Sombras eternas.

Siempre he estado en contacto con gente. Nunca he parado quieta, tal vez porque considero que no formo parte de nada, que no pertenezco a ningún lugar. Tal vez porque al estar quieta comienzo a agobiarme al recordar que únicamente me rodean humanos hipócritas que se creen el centro del universo, un universo inmenso, tan grande que es ilógico pensar que no están solos en el mundo. Sin embargo para muchos es más sencillo entender la dificultad humana que entender otros seres, que entenderme a mí. 
Seguramente de saber que yo vago por el mundo estaría en un cuarto de paredes blancas y esterilizadas, haciendo miles de experimentos al día para entender el cómo, el por qué, el cuándo y todas las cosas que me ligan al planeta Tierra. Pero no, ellos no lo saben, yo no pretendo decirlo, mis similares están felices en las penumbras del anonimato y los que no pertenecen a este mundo prefieren vivir en las penumbras de las noches o aprovechar de su apariencia para conseguir unos objetivos pocos humanos.

Yo soy humana, pero sólo en parte y posiblemente ninguna persona encontraría una diferencia entre yo y una de ellas. Pero sí podrían encontrarlas otros seres, unos seres que existen en cuentos, a donde la imaginación humana llega, pero un mundo que pocos han explorado y donde la mayoría de ellos han perdido la vida.
Yo soy una sílfide, una especie que podría decirse, se encuentra en peligro de extinción.  Soy híbrida, como las de mi clase, una clase con muchas diferencias entre las que la conforman, que nace de la unión de la dulzura de una ninfa y los instintos de un humano.
Soy humana porque el que fue mi padre, ese padre desconocido, me cedió sus genes y los llevo en mí. Soy medio ninfa porque mi madre, la que me engendró, la que nunca llegué a conocer era ninfa.
Y aquí estoy yo, entre millones de humanos, intentando evitarlos, intentando sobrevivir, intentando escapar de aquellos ojos rojos que me persiguen a veces, que se encuentran conmigo y tienen una cara desconocida para mí. Unos ojos que van ligados a un olor putrefacto parecido al de la muerte. Unos ojos que me persiguen en sueños, que intentan acabar conmigo.

Lo admito no vago por el mundo, sólo huyo. Huyo de un miedo que me acosa desde hace más de una vida. Huyo, sí, pero a veces creo que tal vez la salida más sencilla es la que esos mismos ojos del color de la sangre podrían darme. Tal vez al morir todo acabaría, yo dejaría de ser yo y me incorporaría a ser nada. Lo que siempre he querido ser. Sin embargo soy Naira, de apellido un apellido cualquiera que escogí un día al azar. Naira Lorham, una sílfide que creció en los bosques de Irlanda y que fue desterrada por ser diferente de lo que creían que era. Soy yo, esa niña, joven, mujer, vieja, la que vaga desde hace un siglo y algo por el mundo huyendo de unos ojos que me prometen la muerte. Soy yo la que persigue el recuerdo de unos ojos como el cielo, que me miraban mientras sonreían y me acompañaron de día y noche durante más de trescientas noches. Soy yo, esa que huye de su sombra la que hoy relata algo. Trozos de una vida que no acaba de escribirse.

3 comentarios:

  1. Me gusta mucho como escribis :) Ahora te sigo!

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    1. Ayyy gracia! No sabía si gustaría y esta entrada pertenece a una historia que iré subiendo.
      Me alegro de que te guste (:
      Te sigo ahorita!

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  2. Me ha gustado mucho este comienzo y que sea una historia con seres mágicos. Me encanta. Seguiré leyendo.
    Por cierto si quieres pasarte a leer mi novela es eldiariodeanaa.blogspot.com
    Besos ^^

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Vuestros comentarios son una motivación más para que este mundo que tanto me gusta no termine nunca ni se escape de mis manos.
Miles de gracias soñadores ♥